Prejuicios, juicios, jueces.

Toda mi vida he estado sometida a la presión de ser como los demás quieren que sea. Nos han enseñado a ‘parecerme a’ en lugar de enseñarnos a ser la persona que realmente somos. He vivido bajo los ideales de todo el mundo, bajo la sombra de otros a quienes nadie se atreve a juzgar. ¿Y yo? A mí me someten a un juicio diario día a día, mirando mis fallos con lupa y mis aciertos con la luz apagada. Parece como si cada error sonara y temblara, y diera constancia de he fallado. Y pensaba de niña que eran héroes, que todo lo hacían bien, y gracias a empezar a cuestionarme, a atender todo lo que resonaba en mi cabeza, decidí ignorarlo. Esas mismas personas con las que me he criado, o esas mismas personas idolatradas y rodeadas de admiración, para mí no tienen nada de lo cual pueda envidiar y recriminarme hasta hacerme sentir un clon fallido. He aprendido que cada cual juzga a su manera, que no siempre los ideales son los correctos, bastan que los sean para uno mismo. Quizá no soy la hija preferida, o la chica más deseada, ni la buena hermana, pero si alguien tiene derecho a juzgarme o cambiarme soy yo misma. Creo que ew muy simple, nadie debe meterme en un juicio que nunca pedí y condenarme a una cadena perpetua de recriminaciones.

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